Bel – les Finestres

Madrugón. Concentración a Rossell de todos los caminantes a las 8 de la mañana. Saludos a nuestro guía Xavi que nos esperaba y subida hacia el pueblo de Bel, encumbrado a 953 m de altitud. 9 km de subida hasta encontrarnos un pueblo encantador: dos calles con las casas de piedra de toda la vida y una plaza Mayor con la iglesia medieval de San Jaime y su campanario. Un pueblo singular.

Hemos dejado los coches y hemos pasado por la calle Mayor (todo sea dicho, una maravilla) hasta llegar al mirador, punto de inicio de la excursión.

Enseguida hemos hecho hacia el lavadero, como es costumbre, situado algo más abajo del pueblo. Hemos pasado por el lado de la fuente de Vidala y cuando ya llevábamos más o menos una hora y poco más, hemos parado a almorzar en el Mas de Mariné. Ha sido uno de los momentos de la mañana con más niebla. Los compañeros no paraban de decir que con niebla también es bonita la paseada. Y tenían razón porque, a pesar de no ver las hondaladas, la niebla nos regalaba vistas espectaculares de espesas nubes blancas flotando entre las montañas.

Después de un buen rato de subir y bajar y hacer camino, hemos llegado en su punto más gratificante de la excursión: las Ventanas. Qué formas tan caprichosas que nos ha regalado la natura! Nos habían dicho que eran espectaculares y ciertamente lo son. El nombre no podría ser otro para estas rocas agujereadas alineadas, talmente como sí fuesen ventanas abiertas, colocadas en alto por ser contempladas. Como no podía ser de otro modo uno por uno o por parejas hemos subido a tocar de la más accesible para hacernos la foto. Sí, la foto es un buen recuerdo, pero no hay nada como contemplarlo in situ.

Todavía nos faltaba otro descubrimiento. Algo más de camino. Desde el horno de cal hemos echado arriba para ir al poblado ibérico y desde allí encima la mola de Bel hemos contemplado atónitos la pena de Bel en toda su magnitud. Curiosamente ha sido uno de los pocos momentos que ha desaparecido la niebla y, no hay que decirlo, lo hemos aprovechado para mirar la profundidad. Abajo de todo el río Cérvol sin ni una gota de agua.

Descenso hacia el pueblo a recoger los coches y a comida a Rossell, al restaurante Grèvol. Y pongo el nombre porque es la segunda vez que vayamos en poco tiempo y nos tratan muy bien. De hecho, hemos comido y hemos hecho una sobremesa como las de casa en días de fiesta que se alargan porque estás a gusto y disfrutas de la buena compañía, de la tertulia y, por supuesto, después de una comida muy buena.

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